Inmerso hasta la barbilla en esta dura etapa del año en la que dejamos atrás nuestra capacidad de ejercer como individuos libres para pasar de nuevo a ser presos de nuestras obligaciones, echo la vista atrás unos meses por ver si encuentro algo sobre lo que deliberar y esparcirme a gusto, mas no hallo nada a priori que consiga llamar mi atención. Y es que cuatro semanas de improductivo ocio vacacional le dejan a uno las neuronas más suaves que la seda joyante, a pesar de no haberlas dedicado a hibernar, precisamente. Claro, tantas horas seguidas sin sobresaltos informativos, sin noticia de altercado político alguno, sin conciencia de los atropellos que nuestros gobernantes se reservan para la etapa estival del año, te hacen entrar en un estado de letargo emocional que te lleva a cuestionarte los porqués de no hacerlo perdurar durante otros trescientos y pico días más, dados los beneficios que proporciona esta ignorancia a nivel de salud mental. Sin embargo, uno debe retomar su vida laboral y, con ella, su cotidiana vida social en la que afluirán, inevitablemente, corrientes que acabarán por contaminar en mayor o menor medida esta costosísima paz espiritual recién atesorada. Las noticias son un flujo muy a tener en cuenta, pues se encargan de ir minando nuestra inmaculada y nívea placidez con negros manchurrones de realidad que nos van poniendo en nuestro sitio a cada brochazo y, como haría alguno que otro por ahí, me pregunto: ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué es tan pernicioso para nuestro equilibrio el estar puntualmente enterados de lo que va sucediendo en esta parte del Sistema Solar? No me lleva demasiado tiempo concluir que algún tipo de veneno o droga maligna debe contener la información que nos llega servida pues, al igual que los exoplanetas, se percibe su influencia ya que no su presencia. Y acuño el término "información servida" para distinguirlo convenientemente del otro tipo de información mucho más enriquecedora que podríamos denominar "información solicitada", cuño que sirve para referirnos a aquella que obtenemos bajo demanda cuando la precisamos y en la que representamos la parte activa de la misma, frente a la pasividad de sintonizar tal o cual emisora, adquirir tal o cual diario o ingerir indigestas dosis de los distintos panfletos televisados. Y no digo con esto que la información solicitada no esté también contaminada, sólo vengo a reseñar el saludable ejercicio de escoger frente al vicio de abrir la boca y deglutir sin más, postura mucho más cómoda a tan sólo un paso de la inyección intravenosa que dejamos para los integristas irredimibles más recalcitrantes.
Sólo ahora, tras un mes de abstinencia informativo-mediática, empiezo a intuir que lo que algunos consideran un arte y una forma de ganarse la vida, no es más que el veneno que contamina nuestras almas desde los más cándidos a los más pícaros, los más torpes a los más avispados y, como no, desde los más perspicaces a los más ciegos. Su nombre es política y podremos descubrirla por doquier con sólo mirar un pelín más allá del horizonte que sus artífices se empeñan en dibujarnos con el propósito de que no tengamos que esforzarnos en exceso para digerirla: sólo abrir la boca y tragar. Ellos ya se encargan de aderezarla y condimentarla convenientemente para que sea asimilada de la manera que ellos desean, así que, sí, puede considerarse una postura cómoda aunque puede resultar altamente venenosa y muy, muy, adictiva por otra parte.
Partamos de una base fundamental, como lo es el carbono para la vida en este planeta: en un mundo donde tenemos religiones para dar y tomar (si dijeras el nombre de una religión distinta cada día, tardarías mas de 28 años en nombrarlas todas), el único dios que se erige con mucha diferencia por encima de todos los demás es el Dinero, lo que quiere decir que todos, quienes más y quienes menos, somos creyentes y profesamos cierta devoción a este dios universal. Las agencias de información y los distintos medios de comunicación también son muy creyentes y fervientes practicantes de esta religión y, llegados a este punto, consideraremos a los políticos como los intermediarios divinos entre nosotros, acólitos de a pie, y nuestra mencionada y divina deidad: algo así como obispos, imanes, sacerdotes, y demás afanosos guardianes de las diferentes doctrinas.
Que dé comienzo el juego en este tablero: aquellos que ostentan el poder de hablar directamente con el dios, dedícanse a impartir su doctrina y a cuidar con celo el que ésta llegue intacta a los devotos con el objetivo de fidelizar al mayor número posible y asegurar, como cualquier otra especie, su perpetuidad en la partida y su supremacía sobre el resto de antagonistas facciones en la mesa de juego. Los medios de comunicación, que también adoran al mismo dios, se prestan a la difusión de la doctrina para ganarse su divina gracia, y se someten a la voluntad de los sumos sacerdotes para erigirse en sus guardianes defensores de la fe. Así, ante este escenario de conveniencias e intereses, se puede deducir que todos los que se dedican a informar lo hacen en base a lo que más conviene a los intermediarios que los sufragan, por lo tanto no encontraremos imparcialidad en ninguno de ellos, y sí mucha cantidad de tendenciosa droga para alterar la realidad según convenga. En conclusión, la tendenciosidad de todos los informadores es directamente proporcional a sus tamaño e influencia, y todo lo que nos hacen llegar está tintado con el color de su fe.
Bonito panorama el de nuestro S.XXI. Por fortuna, en esta parte del planeta llenamos el estómago a diario y adquirimos fuerzas para multitud de actividades: unos analizamos el desarrollo de la partida, otros nos indignamos, otros hacemos ambas cosas consecutivamente, y otros nos dejamos caer en los brazos de la religión, implorando que el dios de turno tenga a bien influir en nuestra partida para que ésta tome el rumbo que no osamos exigir a esos inútiles intermediarios a los que, encima, pagamos y mantenemos para que nos droguen. Es decir, remuneramos a unos personajes para que nos adoctrinen, nos aborreguen y, como tal rebaño, nos conduzcan a donde a ellos en exclusiva les parezca mejor. No nos parece ya suficiente el opio de la religión, que tenemos que empeñarnos hasta las cejas para obtener nuestra dosis regular de estupefacientes y "estupidizantes" a través de los medios. Y allá que vamos, conducidos y convencidos; imbuidos de esa imbécil sensación de libertad que no es más que otro efecto secundario de la "politiquina", nombre que le doy a esa sustancia que contamina nuestro presente y prostituye nuestro futuro, y que aparece disuelta hasta en el café que nos mueve cada mañana; sin más miras que las de seguir siendo pastoreados por "el guapo" o "el simpático" de turno, sin más voluntad que la de someternos a la gracia divina porque nada puede conseguirse fuera de la inducida doctrina difundida. A mi me resulta particularmente indignante malgastar esfuerzos en recorrer esa cañada que no he diseñado, ni construido, ni elegido: he participado para elegir al "iluminado" de turno, ésto sí, pero puedo aducir en mi favor que estaba bajo el efecto de las drogas que, sin saberlo, consumía a diario; pero no he participado activamente vez alguna en el trazado de la ruta y no me ha quedado más remedio que asumirla, asentir y echarme al camino como el resto de congéneres. Pero llevo unas semanas de relajada abstinencia en las que la esperanza de cambiar las normas de la partida se abre paso, como cuchillo caliente en bloque de mantequilla, sobre la sombra de la obsoleta y nefasta partidocracia que se cierne sobre el tablero de juego. ¡Qué carape! ¡El tablero de juego es mío y yo pongo las normas, o no se juega! Así que, en un acto de rebeldía suprema sin precedentes, ¡me indigno! qué pecado, por estar sufragando un invento que ni me va ni me conviene, y que desde cierta perspectiva parece, incluso, dañino para mi salud. La mental sobre todo, pero también la financiera.
Hombre, bien podría dejarme llevar de nuevo por la adicción a la politiquina, cerrar los ojos y, como en Matrix, gozar de una ilusión ficticia que me harán percibir como realidad. Pero resulta que he tomado la pastilla roja y ya no tengo vuelta atrás: me motiva la esperanza de regalar pastillas rojas al resto del rebaño al que pertenezco, pero voy de culo, cuesta abajo y sin frenos, si espero que la mayoría de sus componentes deje todos los barbitúricos a cambio de un único viaje sin retorno a la realidad, por muy bueno y revelador que éste sea. Previamente será necesario realizar intensos ejercicios de estimulación de los músculos orbiculares de los párpados, tan atrofiados en algunos casos por la politiquina y la televisión que han dejado ya de funcionar en la mayor parte de la población, con el fin de ir sustituyendo progresivamente la ingesta de estupidizantes por pequeñas y controladas raciones de nutritivos culturizantes, para ir adquiriendo eso que nuestros dirigentes tanto temen y que denominamos criterio. El siguiente paso consistiría en aumentar dramáticamente las dosis de culturina: bajo sus efectos una población es capaz, incluso, de exigir que sus dirigentes demuestren su valía intelectual antes de ostentar cargo alguno. ¡Menuda revolución! Exigir cierto nivel de preparación académica para el director del destino de un país será todo un logro y la prueba irrefutable de que el tratamiento con culturina está siendo exitoso. Las vacunas serán otro apartado sobre el que incidir intensamente, pues la borreguina que suministra la televisión es altamente tóxica y puede inducir a severas recaídas a los menos precavidos: altas dosis de lectura serán necesarias para combatirla, así que habrá que inyectar libros a los pacientes y restringir el consumo de televisión a unos pocos canales alternativo-culturales de esos que utilizan cifras pares como nombre. Erradicar el consumo de canales que exhiban cifras impares en su denominación culminaría la primera parte de este tratamiento de choque. El resto provendrá de manera natural una vez tengamos bien asentadas estas bases terapéuticas.
Entre todos tenemos que conseguir que, cuando cada español hable sólo de lo que entiende, no se produzca ese silencio aprovechable para el estudio que Azaña ya reclamara para nos en los prolegómenos del pasado siglo. Es un ejercicio de responsabilidad dejar las drogas. Yo ya me estoy quitando.