Sobre el culo y las témporas.
Estoy seguro de que todos aquellos de nosotros que ya no volveremos a cumplir los 35 años, hemos oído en alguna ocasión aquella frase, tan común entre los profesores de antaño, “no hay que confundir el culo con las témporas”. Sobre todo en clases de matemáticas y física. Tan seguro estoy de ésto como de que la actual y obcecada política de Tráfico obedece en esencia a un interés insaciable por atentar impíamente contra nuestros ya, por el euro y por el estado, malogrados y expoliados bolsillos... Respectivamente, ésto sí: démosle al César lo que es del César, porque, querido lector, dígame vd. si no es cierto que empeñarse en unas prácticas cuyos fundamentos se encarga la realidad de tirar por tierra una vez tras otra, no obedece a la ofuscación más básica que una mente fascista y retrógrada es capaz de parir. En fin, por si aun no hubiese conseguido despertar su interés en este artículo, voy a hablarle de culos a modo de ejemplo introductorio, válgame la expresión en toda la amplitud de su semántica: imagínese el país más liberal del mundo e imagínese que, en su imparable carrera tecnológica, su mente más fascista, atropellando muchos derechos fundamentales sobre los que se basa su afamado liberalismo, decide que ha descubierto la manera de terminar con la emisión de gases nocivos a la atmósfera del planeta, y dictamina que a partir de este glorioso día todos los habitantes de este país tan liberal deben introducirse (con perdón) un tapón de corcho de 20mm de diámetro por tan reverendísimo orificio, puesto que “está demostrado que la contaminación se reduce drásticamente con esta medida”. Bien, los abnegados, obedientes y sumisos ciudadanos proceden a la adquisición del tapón reglamentario (de gratuidad ficticia, por supuesto) y , quien más y quien menos, se va obturando “el mencionado” con el susodicho tapón de corcho.
En esta difícil situación transcurre un año de intenso terror: cada vez que un ciudadano precisa retirarse el tapón para llevar a cabo sus menesteres más íntimos, un “detector de infracorchos” hace saltar una alarma en el centro de sanción y recaudación, por la que automáticamente se le roba al ciudadano una cantidad de dinero directamente proporcional al tiempo de permanencia “a tapón desactivado”.
Al cabo de estos doce meses se realizan unos fabulosos estudios estadísticos y se verifica que, oh sorpresa, los índices de contaminación atmosférica no sólo no se han reducido, sino que ¡han aumentado! Inmediatamente la mente fascista pone en marcha toda su maquinaria de I+D y dictamina una nueva aberración: “en vista de que la contaminación ha seguido aumentando a pesar de la represión gratuita que hemos instaurado, vamos a tomar medidas mucho más drásticas porque es inadmisible esta escalada en la emisión de gases, bla, bla, bla... ¡A partir de ahora el tapón de corcho pasará a ser de 20 a 40mm!”.
Transcurre otro año más de resignado terror entre los habitantes de nuestro liberal país y, como no podía ser de otra forma, las cifras de emisiones de gases no se reducen ni por casualidad.
Es más, después de gastarse una fortuna (del dinero previamente recaudado a los sufridos ciudadanos) en establecer una red de “detectores de infracorchos” de última generación, resulta que las cifras hablan y la estadística comenta que las emisiones de gas han vuelto a aumentar por segundo año consecutivo a pesar de las maravillosas medidas establecidas por nuestro ínclito cerebro fascistoide.
En fin, creo que es el momento de cambiar el tercio en esta historia y hablarle querido lector, ya que ha llegado hasta aquí, de las témporas. Las témporas, como todo el mundo ya sabe (menos yo que acabo de aprenderlo) son, según nuestro diccionario de la RAE, el “tiempo de ayuno en el comienzo de cada una de las cuatro estaciones del año” y... –¡Qué gran idea! – Piensa nuestro cerebro dictador en nuestro liberal país – “aparte de aumentar el tamaño reglamentario de los tapones (anales) de corcho para que no se escape ni una molécula de flatulento gas de los cuerpos de estos habitantes nuestros, que no tienen respeto alguno por la autoridad represora encarnada por mi eminencia, voy a aprobar un decreto ley por el que quede terminantemente prohibido consumir legumbre alguna así como cualquier otro alimento que, por su flatulenta naturaleza, represente una amenaza para los elevados niveles de emisión de gas contaminante a nuestra maltratada atmósfera”.
Pues bien, nuestros abnegados, obedientes y sumisos ciudadanos, acatan la ley y comienzan la dieta recién dictada, pero algunos comienzan ya a cuestionarse si la política de este personaje será la correcta y empiezan a hacerse subversivas preguntas del tipo “¿tendrá realmente mucha influencia en la contaminación global la emisión de unos insignificantes pedos, en comparación a las toneladas de anhídrido carbónico emitidas por la industria o por el automóvil, por poner un par de ejemplos?” Sí querido lector, y es que no hay que olvidar que se trata de un relato de ciencia ficción y es por eso que, a continuación, la gente, harta ya de que les tomen el pelo y de que atenten directamente contra sus sacrosantos orificios posteriores y contra sus bolsillos (ya malogrados, recordemos), se rebela y pide la dimisión de un ser tan estrecho de ideas, tan fascista y tan imbécil que durante años no ha conseguido el objetivo por el que se el está pagando su sueldo: la reducción de la emisión de gases. Y ya puestos a imaginar, resulta que montan un sitio web donde se recogen las firmas en contra de la política de tamaño inútil y, con final feliz, consiguen mandar a dicho interfecto al retiro inmediato, al ostracismo más absoluto, lejos de toda actividad pública, para dar paso a mentes más liberales y más acordes con las liberales costumbres de nuestro liberal país de ciencia ficción.
¿Y tú, querido lector, vives en un país liberal de ciencia ficción o vives una aplastante realidad tal vez similar a la descrita en estas líneas anteriores? Permíteme la licencia de tutearte ya a estas alturas, puesto que si has llegado hasta aquí deduzco que eres alguien cercano a mi y, permíteme asimismo, ahorrarte el trago de bombardearte con unas cifras que te vas a hartar de oír estos días “post-operación-retorno”. Tan sólo exponerte un par de HECHOS: parece que la obligatoriedad de tener que utilizar cada vez un tapón más grande en nuestros anos no termina con las víctimas en el asfalto, y parece que únicamente en un 3% de los accidentes mortales es el exceso de velocidad el culpable directo, siendo además realmente muy cuestionable incluso este bajísimo porcentaje. ¿Por qué entonces, me pregunto, esa obsesión por criminalizar y perseguir una conducta que, de ser erradicada, sólo evitaría un 3% de los accidentes mortales? ¿Están queriendo comparar nuestros pedos con el parque nacional de centrales térmicas, o quieren realmente hacernos confundir el culo con las témporas? Por si no conoces la respuesta o tienes alguna duda al respecto, abre el anexo que adjunto a modo de final cómico-sarcástico.
Libertad, responsabilidad y, por supuesto, la subsiguiente dimisión,
Chol.

No tengo ni idea de las estadísticas, pero sí que ha habido muchas muertes en carretera estos días. Pero es "normal", teniendo las vías en el estado en que están, llevando un descontrol como el que hay en la carretera (entre los que siguen las normas que dificultan el paso por ser demsiado estrictas y los que se las saltan a la torera pero deberían llevar la L tatuada en el cogote porque no saben hacer un adelantamiento sin que salte el país a DEFcon1). Nah, que cada día se me quitan más las ganas de sacarme el carnet: impuesto de circulación, ITV, precio de gasolina, precio del seguro... chupan dinero de todos lados, para luego nada.
Hola Despistada,
Me alegro mucho de tener una lectora asidua, je, je, la verdad es que, como casi todos, no tengo mucho tiempo de sobra para dedicarlo aquí, pero sueño con tenerlo. Ahora que sé que de vez en cuando pasas por aquí iré cuidándolo un poco más. Gracias, porque por ti me he animado un poco más.
¡Salud!
Chol.